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“Golpes de Estado en la Argentina” por Carlos Baeza – 3° y última parte-

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Concluyendo el análisis de los distintos golpes de Estado habidos en Argentina, cabe considerar al último de ellos y que por sus características fuera definido como el más sangriento y conflictivo de la zaga y que ocasionara el juzgamiento y condena de los principales actores de ese movimiento.

1° 1976: Una Junta Militar integrada por el teniente general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier Orlando Ramón Agosti, con fecha 24 de marzo de 1976 destituyó a la presidente María Estela Martínez de Perón, emitiendo una “Proclama” según la cual: “Agotadas todas las instancias del mecanismo constitucional, superada la posibilidad de rectificación dentro del marco de las instituciones y demostrada en forma irrefutable la imposibilidad de la recuperación del proceso por sus vías naturales, llega a su término una situación que agravia a la Nación y compromete su futuro. Nuestro pueblo ha sufrido una nueva frustración. Frente a un tremendo vacío de poder, capaz de sumirnos en la disolución y en la anarquía; a la falta de capacidad de convocatoria que ha demostrado el gobierno nacional; a las reiteradas y sucesivas contradicciones evidenciadas en la adopción de medidas de toda índole; a la falta de una estrategia global que, conducida por el poder político, enfrentara a la subversión; a la carencia de soluciones para problemas básicos de la Nación, cuya resultante ha sido el incremento permanente de todos los extremismos; a la ausencia total de los ejemplos éticos y morales que deben dar quienes ejercen la conducción del Estado; a la manifiesta irresponsabilidad en el manejo de la economía, que ocasionara el agotamiento del aparato productivo; a la especulación y la corrupción generalizadas, todo lo cual se traduce en una irreparable pérdida del sentido de grandeza y fe; las Fuerzas Armadas, en cumplimiento de una obligación irrenunciable, han asumido la conducción del Estado”.

El 29 de marzo de 1976 asumió el gobierno Videla, quien cumplió el ciclo fijado por las normas emanadas de la propia Junta Militar, siendo sucedido el 29 de marzo de 1981 por el teniente general Roberto Eduardo Viola, el que fue desplazado por la citada Junta el 11 de diciembre de 1981. Luego de un breve interinato del ministro del interior Horacio T. Liendo y por su reemplazante Carlos A. Lacoste, el 22 de diciembre de 1981 se designó al teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri. Poco después de la derrota militar en Malvinas, el 17 de junio de 1982, Galtieri presentó su renuncia y tras unos días en los cuales la conducción estuvo en manos del ministro del interior, Alfredo O. Saint Jean, la Junta Militar nombró al teniente general Reynaldo Benito Bignone a partir del 1 de julio de 1982, cargo que detentara hasta el 10 de diciembre de 1983, cuando tras las elecciones generales convocadas por el gobierno usurpador, asumieran Raúl Ricardo Alfonsín y Víctor Martínez.

También en este caso, al haber sido removidos los integrantes de la Corte Suprema de Justicia, el primer pronunciamiento en torno a la legitimidad del gobierno usurpador tuvo lugar recién el 17 de septiembre de 1979, cuando al fallar en el caso “Timerman” sostuvo el Alto Tribunal que “Las Actas Institucionales y el Estatuto para el Proceso de Reorganización Nacional son normas que se integran a la Constitución Nacional, en la medida en que subsistan las causas que han dado legitimidad a aquellas, fundadas en un verdadero estado de necesidad que obligó a adoptar medidas de excepción(…) Las autoridades que tomaron a su cargo el Gobierno de la Nación el 24 de marzo de 1976 fijaron el propósito y los objetivos básicos del Proceso de Reorganización Nacional, jurando cumplir y hacer cumplir dichos objetivos, el Estatuto para el Proceso de Reorganización Nacional y la Constitución de la Nación Argentina. Este juramento de la Constitución contiene una autolimitación tendiente a llevar a ciudadanos y habitantes del país la seguridad de que las declaraciones, derechos y garantías no serán afectados ni alterados en modo alguno, como único medio de afianzar la seguridad jurídica a que se refieren los Objetivos Básicos: lograr la paz interior y restablecer la plena vigencia del orden jurídico”.

2° Todos los golpes de Estado analizados en estas notas tuvieron actores destacados en cuanto a su participación y gestión. Así, y en cuanto al de 1930 no es posible obviar que el mismo contó entre las filas de quienes derrocaran al presidente Yrigoyen, al entonces capitán Juan D. Perón, integrante del Comando de Operaciones encabezado por Uriburu, y oficial de enlace entre la columna revolucionaria y la Escuela Superior de Guerra, quien en un memorando informa que el jefe de la conspiración no deseaba actuar antes de contar con el 80% de los oficiales, siendo que la mayoría de ellos no habían “intervenido porque no se los había hablado” De allí que el mismo Perón afirmara que “solo un milagro pudo salvar a la revolución”, agregando que ese milagro “lo realizó el pueblo de Buenos Aires, que en forma de una avalancha humana se desbordó en las calles al grito de ‘¡viva la revolución!’”. Esta activa participación en el golpe de 1930 hizo que Perón, desilusionado por los enfrentamientos dentro del propio movimiento “y convencido de que la misión táctica que se le había asignado fracasaría, se retiró del grupo el 3 de septiembre. Al día siguiente se reunió con los oficiales del grupo de Justo en un esfuerzo de último momento para imponer sus ideas a Uriburu, y conquistar más amplio apoyo para el movimiento revolucionario”.

El propio Perón, muchos años después (9 de abril de 1953) se arrepentiría de esa participación y diría: “Yo recuerdo que el presidente Yrigoyen fue el primer presidente argentino que defendió al pueblo, el primero que enfrentó a las fuerzas extranjeras y nacionales de la oligarquía para defender a su pueblo. Yo, en esa época, era un joven y estaba en contra de Yrigoyen, porque hasta mí habían llegado los rumores, porque no había nadie que los desmintiera y dijera la verdad”.

En cuanto al golpe de 1943 el mismo estuvo organizado por el GOU (Grupo de Oficiales Unidos) que se constituyera formalmente el 10 de marzo de 1943, en una reunión secreta llevada a cabo en el Hotel Conte, sobre la Plaza de Mayo y a escasos metros de la Casa Rosada. El núcleo original que trabajara para organizar esa logia estaba integrado por ocho oficiales, uno de ellos, el entonces Coronel Juan Domingo Perón, a cargo de la Inspección de Tropas de Montaña. El mismo Perón junto al coronel Montes fueron los autores del manifiesto aprobado por los catorce oficiales que encabezaran el movimiento y redactado en un departamento de Buenos Aires, horas antes del golpe.

Dentro de ese gobierno usurpador, Perón fue designado Jefe de la Secretaría del Ministerio de Guerra y reivindicando para el GOU el protagonismo del movimiento, escribió: “A pesar de los hechos, que se precipitaron y encontraron al GOU en plena labor de enrolamiento, la mayor parte de los jefes y oficiales ya pertenecían a él, lo que le permitió la realización del movimiento revolucionario, como única solución patriótica ante la grave situación creada al país”. Luego, Perón obtendría otros importantes cargos dentro de ese gobierno, como fueron la titularidad de la Secretaría de Trabajo y Previsión, y luego como Ministro de Guerra y Vicepresidente. El mismo Perón, ya como presidente de la Nación, en el discurso inaugural de las sesiones de la Convención Constituyente de 1949, diría: “Las fuerzas armadas de la Nación, intérpretes del clamor del pueblo, sin regir la responsabilidad que asumían ante el pueblo mismo y ante la historia, el 4 de junio de 1943 derribaron cuanto significaba una renuncia a la verdadera libertad, a la auténtica fraternidad entre los argentinos”.

Finalmente y con relación al golpe de 1966, ya hacia fines del año anterior “los líderes sindicales peronistas también estaban tratando de achicar la grieta que los había separado de la cúpula del Ejército en la última década. Los encuentros privados entre líderes sindicales y oficiales de alto rango se convirtieron en un fenómeno creciente, a veces por invitación de los militares, a veces por iniciativa de los voceros sindicales. La ansiedad de estos líderes sindicales por conversar con oficiales del Ejército estaba ligada sin duda a su propia percepción de que era inminente un golpe militar y a su deseo de proteger o poner en primer plano sus propios intereses y los de los sindicatos en caso de que eso tuviera lugar”. Sin embargo, y a poco de andar, las relaciones entre dichos dirigentes y las autoridades sufrieron un considerable deterioro, “cuando los líderes laborales de varios sindicatos peronistas e independientes habían asistido a la ceremonia de toma de posesión del cargo de Onganía, esperando jugar un papel en el nuevo gobierno”. Basta para ello con observar los diarios de la época en los que es dable advertir la presencia de los principales dirigentes sindicales en la asunción del nuevo gobierno. Asistieron Francisco Prado, secretario general de la CGT, Armando March y Roberto del Río, secretarios general y de prensa, respectivamente, de la Confederación General de Empleados de Comercio, entre otros. Las 62 Organizaciones “de pié junto a Perón” declaraban: “Cayó un régimen de comité, sin representación y se abre la perspectiva hacia un venturoso proceso argentinista”. Y también Perón, desde el exilio, apoyó abiertamente el derrocamiento del gobierno de iure al decir: “El golpe de estado era la única salida para acabar con el régimen corrupto imperante en Argentina en los últimos tres años”. La Unión del Personal Civil de la Nación, en un comunicado sostenía “que comparte el enunciado de la proclama de las Fuerzas Armadas”; y el Sindicato de Prensa de La Plata expresaba su “adhesión sin reservas a los puntos de mira del estatuto revolucionario”; mientras que el acto de asunción del ministro de Economía contó con la presencia de los dirigentes sindicales Francisco Prado, Augusto Vandor, José Alonso y Jerónimo Izzeta, entre otros.

Por todo ello, cuesta entender muchas veces, las cambiantes acrobacias de los “garrocheros” de turno que cual hábiles saltimbanquis circenses fingen demencia o al menos preocupante amnesia de hechos que los tuvieran como protagonistas esenciales pero que hoy sin sonrojarse abdican de ideales que poco tiempo atrás enarbolaban.

Como irónicamente denunciaba una de las célebres portadas de un periódico humorista “Ellos no cambean; los que cambean son los gobernantes”.