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"El Triste"

El poeta que retrató como nadie lo cotidiano y alcanzó la mayor venta de libros en la historia argentina superado sólo por el Martín Fierro

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Se cumple un nuevo aniversario de su fallecimiento, ocurrido en 1984. Sus primeros versos los comenzó a escribir a los veinte años. Publicó su primer libro Puñado de emociones, y más adelante: Versos de mi ciudad, Por las calles del recuerdo, Esquina de barrio, y El sentir de Buenos Aires.

Héctor Gagliardi, “El Triste”, nació en Buenos Aires, barrio de Constitución, el 29 de noviembre de 1909 y murió en Mar del Plata, el 19 de enero de 1984, víctima de un infarto agudo de miocardio, tenía 74 años.

Su origen fue muy humilde. Poeta, recitador, letrista de tango, gran conocedor de la cotidianeidad social, de sus personajes, de sus vicisitudes, de sus sentimientos, dolores y alegrías.

Alcanzó la mayor venta de libros en la historia argentina logrado por un poeta, llegando a vender un millón y medio de ejemplares, superado solamente por José Hernández con el Martín Fierro.

Íntimo amigo del poeta Celedonio Flores, fue quien lo impulsó a recitar sus versos en público. Lo hizo por primera vez en un bar de la cortada Carabelas, centro nocturno muy frecuentado por los amantes del tango. Su popularidad tiene una fecha precisa; 5 de enero de 1941, cuando en radio Belgrano, en un programa de Jabón Federal dedicado al tango, recitó “Reyes Magos” donde hablaba de la guerra, de los chicos y los juguetes que muchos no recibirían, el vecino cuyo padre no tiene trabajo, los chicos europeos envueltos en la guerra:
“…
Esta noche por los cielos llegarán los Reyes Magos;
vendrán trayendo regalos a los chicos que son buenos,
pero hay otros pibes buenos en otro lado de la tierra,
que por culpa de una guerra… ¡no han de pasar los camellos!

¿Por qué tienen que pagar esos pibes inocentes,
de que en el mundo haya gente que sólo piensa en matar?
…”
“El programa iba los domingos al mediodía, todo el mundo tenía parientes en Europa que estaba en guerra, les amargué los tallarines a unos cuantos”, recordaría, tiempo después.

Desde aquel día fue “El poeta triste”, o simplemente “El Triste”. En el interior, fue sensación. Sus escritos “Cinco guitas”, “La bolita” y “La maestra” terminaban con lágrimas y aplausos.

“La vida nos separó, / bolita blanca de “ojito”: …
Ya no me queda más nada / del “sin vista y sin corona” / me ha ido “como la mona” / por las calles asfaltadas… / Y si la Muerte, emperrada, / me la midiera con luz, / yo me juego hasta la cruz… / ¡Total… ya no hay más salvada!

Escribió varios tangos, entre ellos “Claro de Luna” con música de Aníbal Troilo, y “Yo recuerdo el tranvía”, al que Leopoldo Federico le puso la música.

Le escribió numerosos poemas al club que lo tuvo como hincha: el Racing Club.

Sus primeros versos los comenzó a escribir a los veinte años. Primero fue “Media noche”, siguió “Claro de luna”, luego “Vencido y Matrimonio”.

Publicó su primer libro Puñado de emociones, y más adelante: Versos de mi ciudad, Por las calles del recuerdo, Esquina de barrio, y El sentir de Buenos Aires.

“Nací en pleno barrio de Constitución: Lima al 900. Que es algo así como haber nacido en el corazón de Buenos Aires. Mi nombre completo es Héctor Francisco Gagliardi. En ese barrio viví toda mi infancia. La zona sur es un poco mía, allí se atesoran casi todos mis recuerdos: los amigos, la primera novia, la esquina con el farolito, el tranvía, en fin, todo o casi todo lo que expreso a través de mis versos».

«A los veinte años, inspirado en ese ambiente, comencé a escribir mis versos. El primero que hice fue ‘Medianoche’ que después musicalizó el ‘Gordo’ Pichuco. De esa época data mi amistad con Aníbal Troilo. Seguí escribiendo, hice los tangos ‘Claro de Luna’ y ‘Vencido’. También conocí por esos días al ‘Negro’ Esteban Celedonio Flores. Me llevaba casi veinte años. Nos hicimos grandes amigos”

Le cantó a Buenos Aires y le cantó a su gente, pero su canto no quedó encerrado dentro de la Avenida General Paz, la atravesó y se lo escuchó en todo el país. Escribió con el lenguaje de los poetas, con la sensibilidad, con la energía de la pasión y la calidez de quien vivió esa época de cuando se cantaban serenatas bajo algún balcón y cuando los patios se perfumaban con malvones. Sus versos los escribió con el mismo amor y entrega tanto a su vieja, a la maestra, el café o el almacén, las carreras de caballos y a sus amigos por igual.

El tango también fue su fuente de inspiración y le dedicó varias letras que conmovieron hasta los más famosos de nuestra música que manifestaban su amistad y admiración. Nos dejó, en su voz inconfundible, cadenciosa, cientos de poemas que hoy seguimos disfrutando como el primer día que las oímos.

Fue considerado, por quienes se arrogan el título de críticos expertos en literatura (tal vez los mismos que dijeron que Arlt no sabía escribir), un poeta menor sensiblero, melodramático y anecdótico.

Pero resultó ser que ese público que lo admiró y admira, ese público que lloró y llora conmovido por sus palabras, no lo analizó, simplemente lo sintió, sintió como entraban en ellos esas palabras rebosantes de vida cotidiana que eran sensibles no sensibleras, que eran dramáticas no melodramáticas, que hablaban de vidas y no eran simples anécdotas porque eran sus vidas, sus experiencias. La vida de los anónimos, de los invisibilizados que Gagliardi rescataba en cada poema.

No había misterio en sus escritos donde se habla de las emociones comunes y sencillas. Los personajes del barrio, sus ilusiones, fantasías y tristezas están retratados con trazos emotivos, donde los hombres y mujeres suelen reconocerse “cómplices” en lo vivido.

Escribió en uno de sus poemas en homenaje a Buenos Aires:
“Sos la pitada final del cigarro que se fuma, sos un barbijo de luna en un patio de arrabal, sos tango sentimental que me llena de tristeza y sos la media cabeza del Gran Premio Nacional”.

Este poeta “menor”, muestra su capacidad de observación, su indudable talento para distinguir las experiencias y lugares en “Me llamo tango”, donde dice:

“Soy columna mercurial de la emoción ciudadana, soy avenida Quintana y baldío de arrabal, nock aut en el Luna Park, penal en el travesaño, soy la París y el estaño, soy bandoneón y organito, soy dibujo del Otito, gorrión de plaza y canario. Soy tribuna popular que ante el empate se agranda y soy lujo a cuatro bandas sobre el paño de billar, soy grito de ¡no va más! que en la rula nos conmueve y soy ese anclar de nueve que hasta los secos palpitan y soy Legui y Artiguitas peleando un bandera verde”.

“Sé que dicen que mis versos no están a la altura de los grandes poetas, pero no me preocupa. Simplemente soy un creador sincero que le canta a las cosas que conoce y quiere. En mis versos no hay trampas ni mentiras, son realidades que yo conocí de una ciudad llena de encantos, que ahora también los tiene, pero antes era más familiar, nos conocíamos más, éramos compinches, por la calle Corrientes nos saludábamos de vereda a vereda. A mi poesía no la sabría definir con exactitud, pero puedo asegurar que el pueblo la entiende bien.”

Y tiene razón, no importa lo que digan. El despreciado saber popular lo reconoce.
Merece nuestro agradecimiento y recuerdo. Merece, sin dudas, que no dejemos que caiga en el olvido, merece ser rescatado, aunque más no sea, por haber él rescatado a tantos y tantas a quienes otros ni siquiera prestaron atención.

Porque para estos otros, en los humildes, en los sin voz, nunca encontraron un motivo poético ni nada valioso para dedicarles unos sencillos y sinceros versos, como sí lo hizo don Héctor Gagliardi, “el alma del arrabal”, como también supieron llamarlo. (Por Pensamiento Discepoleano)