Tal como lo destaca Duverger detrás de todos los sistemas existen dos actitudes diametralmente opuestas y que también en la política se manifiestan.
Para unos, la política es esencialmente una lucha, una contienda que permite asegurar a los individuos y a los grupos que detentan el poder, su dominación sobre la sociedad, al mismo tiempo que las ventajas que se desprenden de ello. Para otros, la política es un esfuerzo por hacer reinar el orden y la justicia, siendo la misión del poder, asegurar el interés general y el bien común contra la presión de las reivindicaciones particulares.
Para los primeros, la política sirve para mantener los privilegios de una minoría sobre la mayoría., en tanto para los segundos, es un medio de realizar la integración de todos los individuos en la comunidad. De allí que la esencia misma de la política es esa ambivalencia: la imagen de Jano, el dios de las dos caras, es la verdadera representación del estado que, siempre es, al mismo tiempo, por una parte, el instrumento de dominación de ciertas clases sobre otras utilizadas por las primeras para su beneficio, con desventaja de las segundas; y por otra, un medio de asegurar un cierto orden social, una cierta integración de todos los individuos en la comunidad con miras al bien común. La proporción de uno y otro elemento variará según las épocas, los países y las circunstancias, pero los dos coexisten siempre: son las dos caras de Jano.
1° Inicialmente la teoría de la representación política partía de conceptos abstractos que vinculaban al elector con el candidato de forma tal que aquel le confería una suerte de mandato específico y cuyo incumplimiento podía acarrear la pérdida de su banca. El fundamento estaba dado por el hecho de que si todos los hombres nacen libres e iguales, la circunstancia que algunos manden y otros obedezcan, no podía responder sino a una deliberada delegación de poderes en cabeza de los gobernantes elegidos por quienes eran los titulares de la soberanía. Sin embargo esa concepción ha sufrido una profunda transformación debido a la aparición y desarrollo de los partidos políticos. Ya no se trata – como dice el autor citado- de una suerte de dialogo entre el elector y el elegido, sino que entre ellos se ha introducido un tercero que modifica sustancialmente la naturaleza de esa relación y en consecuencia, antes de ser elegido por sus electores, el representante debe ser elegido por su partido con lo cual los electores no hacen más que ratificar esa selección. Por tanto quien resulta así electo ya no representa ni a sus electores, ni a su circunscripción, sino lisa y llanamente al partido que representa y por eso el parlamento no es sino el recinto en el que se encuentran los representantes, no del pueblo como dice la Constitución, sino de los partidos políticos.
2° Los partidos políticos como tales se originaron en los EE.UU. alrededor de 1850 y reconocen dos formas tal como enseña Duverger: por creación parlamentaria y electoral, y también por elaboración exterior.
a) los de creación parlamentaria se gestaron cuando los representantes populares comenzaron a agruparse sobre la base de su pertenencia a una misma zona territorial, para romper su aislamiento frente al resto de los integrantes del parlamento y asimismo en defensa de sus intereses locales. Pero poco a poco advirtieron que no solo los unía esa vecindad geográfica sino la común opinión acerca de problemas fundamentales de la política nacional, procurando la adhesión de los diputados de otras regiones que participaran de las mismas ideas.
b) los de creación electoral por su parte comienzan a surgir como consecuencia de la ampliación del sufragio popular, que lleva a la necesidad de canalizar la confianza de los nuevos electores hacia otras expresiones politícas ya que, en caso contrario se dirigirían inevitablemente hacia las únicas elites tradicionales que conocían. Estos comités podían nacer cuando un candidato nucleaba en torno a sí grupos de amigos y adherentes para asegurar o posibilitar su elección o renovación; e igualmente sucedía que conjuntos de personas decidían organizarse para apoyar a algún candidato. Una vez aparecidas estas dos celulas madres, esto es, los grupos parlamentarios y los comités electorales, solo bastó que se estableciera entre ellos una coordinación permanente y lazos regulares que los unieran para que surgieran los partidos.
c) por su parte los partidos de creación exterior son formados por instituciones ya existentes y cuyo ámbito de acción es ajeno a la actividad parlamentaria y electoral, tal como ocurre con los sindicatos, las cooperativas agrícolas, sociedades y agrupaciones culturales y de intelectuales, grupos comerciales o industriales o iglesias y sectas religiosas.
Finalmente cabe recordar el distingo entre partidos dominantes y hegemónicos, pudiendo caracterizar a los primeros como aquellos que encontrándose en igualdad de condiciones con las restantes fuerzas políticas gozan de similares garantías de acceso, en forma competitiva. y en base a las reglas de sucesión previamente acordadas se imponen mediante comicios regulares y libres, ejerciendo el poder por más de dos periodos consecutivos. Por el contrario los partidos hegemónicos no actúan en competencia ya que si bien la oposición puede llegar a tener participación, se encuentra controlada por variados mecanismos que le impiden el acceso al poder. Nuestro pais se ha caracterizado por un sistema bipartidista, con partidos dominantes que en ocasiones exhiben aspiraciones hegemónicas y sin que, en general, la rotación o alternancia entre los mismos haya obedecido al libre funcionamiento pendular a través de comicios, sino merced a golpes de estado.
3° Sin embargo, en los mismos EE.UU no fueron pocos quienes esgrimieron sus reparos en torno al funcionamiento e influencia de los partidos políticos, señalándose como una de las principales críticas, el espíritu de facción de esas agrupaciones. En tal sentido, Madison desde las paginas de “El Federalista”, se preguntaba por qué los ciudadanos se quejan de que nuestros gobiernos son demasiado inestables, de que el bien público se descuida en el conflicto de los partidos rivales y de que con harta frecuencia se aprueban medidas no conformes con las normas de la justicia y los derechos del partido más débil, impuestas por la fuerza superior de una mayoría interesada y dominadora. De tal forma el problema esencial radica en el espíritu de facción entendida esta como un cierto número de ciudadanos, estén en mayoría o minoría, que actúan movidos por el impulso de una pasión común o por un interés adverso a los derechos de los demás ciudadanos o a los intereses permanentes de la comunidad considerada en su conjunto.
También Tocqueville al analizar el problema en los EE.UU. decía que los partidos políticos eran un mal inherente a los gobiernos libres y consideraba dos tipos: por una parte, los grandes partidos que son aquellos que se encuentran ligados a los principios más que a sus consecuencias; a las generalidades y no a los casos particulares; a las ideas y no a los hombres. Esos partidos tienen, en general, rasgos más nobles, pasiones más generosas, convicciones más reales y una actuación más franca. Por el contrario, los partidos pequeños no tienen fe política: como no se sienten elevados y sostenidos por grandes ideales, su carácter está impregnado de un egoísmo que se manifiesta ostensiblemente en cada uno de sus actos. Se exaltan e irritan sin motivo, su lenguaje es violento y los medios que emplean son miserables como la meta misma que se proponen .
Y no menos critico resulta el presidente Washington cuando considera que “la dominación de un partido sobre otro, excitado por el espíritu de la venganza que es natural en las divisiones partidarias, es en sí mismo un peligroso despotismo y en diferentes épocas y naciones ha perpetrado las más horribles enormidades…hay quienes sostienen que los partidos en los países libres sirven para contener a los que administran el gobierno y mantienen vivo el espíritu de la libertad. Puede que esto sea verdad dentro de ciertos límites; pero en aquellos países donde el gobierno es de carácter popular y está sujeto a la elección, resulta peligroso dejarlo predominar”.
Como se viene advirtiendo no se cuestiona la existencia misma de los partidos políticos en el régimen democrático sino el papel que muchas veces llegan a desempeñar que parece conjugarse más con una lucha interna entre facciones que solo buscan la obtención de privilegios en lugar de la adecuada intermediación que les cabe. Cierto es que han habido enemigos de los partidos políticos, tal como el movimiento falangista español, uno de cuyos fundadores, Primo de Rivera, proponía lisa y llanamente, la desaparición de los partidos, pues según su razonamiento “nadie ha nacido nunca miembro de un partido político. En cambio nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un municipio; nos afanamos en el ejercicio de un trabajo. Pues si esas son nuestras unidades naturales, si la familia y el municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿ para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos que, para unirnos en grupos artificiales, empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas?”
De allí que el modelo democrático según Lewis parte de dos afirmaciones: la primera, que todos los que se vean afectados por una decisión “deben tener la oportunidad de participar en la toma de esa decisión, bien directamente o bien por medio de representantes; y la segunda es que debe prevalecer el deseo de la mayoría. Si ello significa que los partidos triunfantes pueden tomar todas las decisiones de gobierno y que los perdedores pueden criticar pero no gobernar, los dos significados se vuelven contradictorios e incompatibles, porque excluir a los grupos perdedores de la participación en la toma de decisiones violenta claramente el significado del estilo democrático”.
También cabe recordar que en nuestro país los sucesivos gobiernos usurpadores surgidos de movimientos militares, proscribieron la actuación de los partidos políticos, entre otros grupos, jactándose que “las urnas estaban bien guardadas”. Pero fuera de estas concepciones francamente antidemocráticas, hoy no existe duda acerca de la necesidad de contar con partidos políticos ya que ellos resultan indispensables en el proceso del poder, dado que ninguno de los tipos gubernamentales del constitucionalismo podría funcionar sin la libre competencia de los partidos.









