dom. 11 de octubre de 2026
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“A 80 años de la fundación del Hospital Español” por Carlos Baeza

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El sábado 12 de octubre de 1946 se inauguraba en nuestra ciudad el Hospital Regional Español, una institución señera que la colectividad española incorporaba para la atención de la salud en Bahía Blanca y cuyos inicios se remontaban muchos años antes, cuando el 26 de febrero de 1882, un grupo de españoles residentes en Bahía Blanca, fundara la primera Sociedad Española de Socorros Mutuos que de inmediato intentó la creación de un hospital que, lamentablemente por diversas causas, no pudo ser mantenido.

Luego, el 22 de mayo de 1922 se fundó la Federación Regional de Sociedades Españolas de Bahía Blanca cuyo Estatuto disponía en el art. 2° inc. a) la “Fundación de un Hospital Regional Español en Bahía Blanca”.

Recurriendo al libro publicado por dicha Federación (“100 años de historia”) se advierte que recién el 11 de agosto de 1927 se formalizó la compra de una fracción de tierra (97.930.37 m.) en el sector denominado “La Falda”, entre calles Sarmiento y Las Heras, lugar que se estimaba ideal para construir el Hospital; y por otra parte, con destino a esa obra, se inició una colecta en la que se recibieron aportes importantes de los Sres. Luciano Aranzabal y José Echeverz $ 10.000 cada uno; Casto Barquin y Francisco Castiñeiras $ 2.000 cada uno; y $ 1.000 del Sr. Manuel Domínguez, entre otros, y que se sumaron al significativo volumen que ya habían adquirido las donaciones mensuales del Dr. Veres ($ 11.818), contándose además con la formal promesa de importantes contribuciones de materiales de construcción.

Además, la Asociación Española de Punta Alta, había hecho una contribución de $ 3.178.20.

En 1928, y aún cuando no se pudo concretar el propósito de iniciar las obras en el homenaje propuesto para el centenario de Bahía Blanca, lo cierto es que fue colocada en aquel lugar la piedra fundamental, en tanto parte de las tierras adquiridas, a excepción de la fracción reservada para el Hospital, fue subdividida en lotes y ofrecida en remate, a plazos, siendo adquiridos los mismos por un valor en conjunto de $ 99.224.

Sin embargo, la situación económica imperante abrió un prolongado paréntesis en el proyecto hasta que, en 1938, se propuso en un Congreso la creación de una Asociación Regional Española de Beneficencia, fusionando las entidades mutualistas de Bahía Blanca, Punta Alta y Cuatreros. Finalmente, en la sesión del 2 de febrero de 1943, se aprobó un proyecto de una subcomisión especial constituida por los señores José Ferrer, Victoriano Álvarez, Urbano Hernández y Ramón Arestizábal, de acuerdo al cual la Federación conjuntamente con la Asociación Española, harían construir el Hospital en el terreno de propiedad de esta última, ubicado en calle Estomba nº 565.

Fue así que el 21 de marzo de 1943 los representantes de ambas entidades, reunidos en el local del Club Español, en calle O’Higgins n° 79, y a través de 21 delegados bajo la presidencia de Eladio Bautista y con la presencia además del Cónsul de España, señor José Gallostra, luego de un amplio debate resolvieron aprobar el proyecto. Finalmente, el 12 de octubre de 1943 se colocó en el inmueble de calle Estomba, la piedra fundamental en una ceremonia que contó con la bendición del presbítero Enrique José Fabi; actuando como padrinos la señora Lina María G. de Aranzábal y el Dr. Adrián Morado Veres.

Luego de firmarse un pergamino recordatorio, usaron de la palabra el Sr. José Blanco Fernández, el Comisionado Municipal, Tte. Coronel Rómulo Betnaza y el Sr. Restituto García.

La construcción del Hospital se comenzó en 1944 contratándose a la empresa de Juan R. Cervini de acuerdo a los planos confeccionados por el arquitecto José Manuel Mayer Méndez y el ingeniero civil José María Arando, que contemplaban 17 habitaciones con 37 camas y 2 habitaciones para partos, entre otras dependencias.

Y luego de más de 2 años de intensos e ininterrumpidos trabajos, finalmente el 12 de octubre de 1946 tuvo lugar la inauguración del Hospital Regional Español, cuyo director sería el Dr. Alberto S. Benchimol, en un acto que se inició con la entonación del Himno Nacional ejecutado por la banda del Regimiento 5° de Infantería y a continuación tuvo lugar la bendición del edificio por parte del presbítero Simón Delgado, tras lo cual hicieron uso de la palabra el Dr. Federico Baeza en su calidad de vicepresidente de la Sociedad Española y el sr. Restituto García, presidente de la Comisión Ejecutiva del Hospital Español.

Cabe destacar que el Hospital contaba a fines de 1943 con 1.951 asociados, cifra que en 1960 se elevara a 10.098 y diez años después, a 17.156. En tanto en 1987 se inauguraron una serie de ampliaciones, entre ellas, nuevos consultorios externos; el servicio de kinesiología y 16 habitaciones en el 3er. piso con 32 camas, como igualmente un equipo de rayos X, un ecógrafo y un centro de estudios y tratamiento de hipertensión arterial.

Luego, en 1994 se inauguró el Departamento de Diagnóstico por Imágenes y el banco de sangre. Finalmente debe recordarse la valiosa ayuda que prestarían las Hermanas Mercedarias de la Caridad, un numeroso grupo de religiosas que asumieron importantes labores no solo en la ayuda espiritual a los enfermos sino igualmente en tareas de organización y mantenimiento de diversos servicios e incluso participando en espacios quirúrgicos.

Merced a la participación que le cupo a mi padre en los orígenes de la fundación del Hospital, siempre lo consideramos como el refugio familiar de situaciones difíciles y en ocasiones gratificantes: internaciones por enfermedades; cirugías; estudios y análisis; nacimientos y algunas pérdidas de seres queridos.

Recuerdo igualmente que, aún siendo adolescente, acompañaba a mis padres a las asambleas para la renovación de autoridades, las cuales por una inveterada tradición, se realizaban siempre en la propia sede y aprovechando un fin de semana, desdoblando entre sábado y domingo, la consideración de la memoria y balance y el acto eleccionario. En ambas jornadas, asistían las familias enteras y no había listas ni internas ni punteros, y en el marco de las cuales se compartían meriendas preparadas con cariño y esmero por las Hermanas Mercedarias, todo en un clima de amistad y cordialidad.

Lamentablemente, muchos años después y por un prolongado ciclo, el arribo de nuevos integrantes en la conducción de los destinos del Hospital -muchos de ellos totalmente ajenos al ámbito de la salud- hicieron que se produjeran importantes cambios en el funcionamiento de los servicios, así como una política que no guardaba relación con los fines propuestos por los fundadores.

Así, en un acto carente de sentido común, se desplazaron a las Hermanas Mercedarias que tanto habían colaborado en las tareas espirituales y hospitalarias, desalojándolas del edificio y cuya ausencia todavía se extraña y lamenta. Igualmente se pretendió dificultar la asistencia de los asociados a las Asambleas Generales, así como evitar que la prensa pudiera tener acceso a lo que en las mismas se discutiera y votara. Así fue que la nueva gestión dispuso realizar las asambleas en horarios nocturnos y días de semana y en distintos inmuebles alejados del centro.

Como ejemplo, recuerdo entre dichos eventos, una asamblea que tuviera lugar un día de semana a las 20 hs. en un local de calle Sixto Laspiur al 1.300 lo que dificultaba a muchos asociados -en gran número mayores de edad- poder acercarse para participar y logrando que otros, dado lo avanzado de la hora y el cariz de los debates (se anotaban para hablar gran cantidad de “ansiosos” asociados) se retiraran antes de las votaciones.

En esa misma jornada un aspecto que me llamó la atención y que nunca imaginé ocurriera en una asamblea del hospital, fue la presencia de numerosos agentes de policía, lo que -comprensible en otro tipo de reuniones populares- de manera alguna se compadecía con la naturaleza de la convocatoria y de quienes nos encontrábamos allí presentes.

A menos, claro está, que los uniformados entendieran justificada su intervención por la posibilidad de que en esa reunión encontraran algún delincuente o que allí se estuviera por cometer algún hecho ilícito.

Finalmente, y en otra decisión inusitada, se prohibió que los medios de prensa registraran las deliberaciones, lo cual permite suponer que, a criterio de los organizadores, habría algunas cuestiones que no debieran tomar estado público.

Tal como señalara, en el acto inaugural del 12 de octubre de 1946, uno de quienes usó de la palabra fue Federico Baeza, mi padre, quien al concluir su discurso dijo: “Mañana se abrirán sus puertas para albergar el dolor y procurarle alivio y consuelo; está destinado especialmente para los asociados de la Asociación Española y de las entidades federadas que tendrán trato igualitario; para los argentinos y para quienes, sin distingos de nacionalidad, credos y de ideología llamen a sus puertas en nombre de la caridad cristiana y del amor, buscando asistencia para sus males; pero esas mismas puertas serán bastiones irreductibles para contener, sin darle paso, las pasiones y los odios que, como una negación del sublime Mandamiento, separan y dividen a los hombres”.

Parece obvio que, en algún momento, alguien olvidó cerrar las puertas.

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