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Lectura de Domingo: "“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" por Carlos Baeza

Las recientes expresiones del Sumo Pontífice en torno al derecho de propiedad privada generaron importantes reacciones al haber sostenido que éste “es un derecho secundario que depende de este derecho primario, que es el destino universal de los bienes”.

 

Ello por cuanto en nuestro país se advierte una cada vez mayor corriente que pretende, frente al déficit habitacional -solución que cabe al Estado resolver- privar ilegalmente a los particulares de sus propiedades, y que en la práctica ha hecho que las usurpaciones de tierras privadas alcancen cifras alarmantes que, según informes oficiales, alcanzaron durante 2020 a 1.800 tomas afectando unas 4.300 hectáreas solo en la provincia de Buenos Aires, sin perjuicio de las ocurridas en el sur por grupos que se declaran pueblos originarios así como en otras provincias.

Ello se ha visto alentado por grupos sociales como el liderado por Juan Grabois -justamente amigo del Papa y miembro de un dicasterio vaticano- quien propuso lotear tierras improductivas y entregarlas a la gente bajo la consigna: “Ocupar no es usurpar” ya que “toda familia que se mete en un terreno lo hace por necesidad…Estas familias son víctimas, no culpables...La acción de estas familias no es delito sino denuncia. Es el grito de los excluidos”.

Otro personaje es “el Cacho Bárbaro” (Héctor, diputado nacional del FDT por Misiones) quién instó por los medios a la toma de un predio privado, resistiendo una sentencia judicial que disponía el desalojo y proponiendo un corte de ruta, a la vez que sin rubor alguno dijo que presionarían a la justicia y también que “vamos a apretar al Gobierno para que compre las tierras que estamos ocupando”. Finalmente -y sin agotar el repertorio de los defensores del Estado de Derecho- ha sido el propio presidente Alberto Fernández quien señaló que “no tiene sentido tener tierras improductivas cuando alguien está necesitando un terreno. No tiene sentido guardarlo para que el día que se muera, un hijo lo herede. Tiene mucho más sentido volverla productiva hoy, y que en ese lugar alguien construya techo, donde van a crecer sus hijos y sus hijas”.

No obstante, cabe decir que las expresiones del Papa Francisco no sorprendieron a todos quienes conocemos y seguimos la Doctrina Social de la Iglesia Católica dado que esa temática ha sido motivo de numerosas Encíclicas, si bien es menester no perder de vista una notoria diferencia entre esta Doctrina y la que emerge del marco constitucional y legal argentino. Este última rige para “todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”, para quienes su acatamiento así como a las normas que conforman el derecho positivo nacional es de cumplimiento obligatorio. Por el contrario, la Doctrina Social de la Iglesia si bien de alcance ecuménico, solo son pautas orientadoras para quienes a través de la fe, deciden seguir sus lineamientos aunque, inclusive, estos siempre están en condiciones de disentir con algunos postulados como se señalará.

1° El marco constitucional y legal: El art. 14 de la Constitución Nacional reconoce a todos los habitantes el derecho de usar y disponer de su propiedad, en tanto el art. 17 del mismo texto consagra la inviolabilidad de ese derecho. Por su parte el Código Civil y Comercial establece que el derecho de propiedad o dominio es el derecho real que otorga todas las facultades de usar, gozar y disponer material y jurídicamente de una cosa (art. 1941); el cual es perpetuo y subsiste con independencia de su ejercicio, por lo cual no se extingue aunque el dueño no ejerza sus facultades (art. 1492). Además, es exclusivo y no puede tener más de un titular (art. 1943) y por ende el propietario puede excluir a extraños del uso, goce o disposición de la cosa (art. 1944). Sin embargo, el derecho de propiedad, al igual que ocurre con todos los demás, no reviste un carácter absoluto y de allí que el mismo art. 14 determina que ellos deben ejercerse conforme a las leyes que reglamentan su ejercicio (art. 28 C.N). Por ello, es que el art. 17 citado y luego de fijar la inviolabilidad del derecho de propiedad, enumera los dos únicos casos en los cuales el mismo puede ser afectado y que son una sentencia judicial que prive a un particular de un bien o la expropiación por causa de utilidad pública, acto por el cual el Estado toma un bien de un particular, mediante ley y el pago de una indemnización, para destinarlo a un fin de utilidad pública. En consecuencia, este es el único marco constitucional y legal vigente y aplicable en nuestro país a todos los habitantes, católicos y no católicos, quienes seguirán siendo dueños de sus propiedades, las usen o no; sean baldíos o edificados; las tengan para usarlas, alquilarlas, demolerlas o dejarlas en herencia, sin ninguna intervención del Estado.

2° La Doctrina Social de la Iglesia: Junto a este esquema jurídico, encontramos la Doctrina Social de la Iglesia que es un conjunto sistemático de verdades, valores y normas, que el Magisterio vivo de la Iglesia, fundándose en el derecho natural y en la Revelación, aplica a los problemas sociales de cada época, a fin de ayudar -según la manera propia de la Iglesia- a los pueblos y gobernantes, a construir una sociedad más humana, más conforme a los planes de Dios sobre el mundo. Ese Magisterio vivo de la Iglesia puede manifestarse en dos formas: en primer lugar, encontramos el Magisterio solemne, que surge: o de la palabra del Papa hablando con fuerza dogmática, o de la reunión del Sumo Pontífice con los Obispos unidos en Concilio Ecuménico. En estos dos casos, se trata de la infalibilidad de la Iglesia, cuando están en juego temas de fe y moral, y que son de aceptación incuestionable y dogmática: por ej: la vocación sobrenatural de la persona humana. Y en segundo término, existe el Magisterio ordinario que puede darse: en los demás casos en los que el Papa usa de la palabra; o en el de los Obispos de una Nación respecto a un tema puntual; o en el de un Obispo en su sede; tratándose solo de afirmaciones que tratan de conectar principios dogmáticos con las realidades cotidianas, o de carácter técnico que desde el punto de vista del Magisterio, no aportan nada al valor que en sí tienen. En consecuencia, las palabras del Papa Francisco en materia de la propiedad privada se inscriben en esta esfera y sobre las cuales cualquier católico puede brindar su opinión contraria; pero dejando bien en claro que tal doctrina -si bien destinada a todo el mundo- solo interpela a los que como quien esto escribe y en virtud de la fe, somos integrantes de la grey católica y seguimos esta línea de orientación doctrinal, pero que en virtud del derecho al libre ejercicio de la libertad de culto no pueden ser impuestas a quienes no pertenecen a la misma fe. El sometimiento a la Constitución y las leyes –como anticipáramos- le cabe a todos los habitantes por igual; el acatamiento a la Doctrina Social de la Iglesia Católica solo a quienes profesamos esa fe. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Es en este marco y con el debido respeto por las expresiones del Sumo Pontífice que me permito como simple feligrés formular estas humildes reflexiones con sustento en la referida Doctrina.

3° El derecho de propiedad en el pensamiento de la Iglesia: Desde antiguo la Iglesia ha consagrado el derecho de propiedad privada como esencial para el desarrollo humano. Un hito en esa elaboración doctrinal ha sido la Encíclica “Rerum Novarum” que el Papa León XIII redactara el 15 de mayo de 1891. A ella y que fuera denominada “la Carta Magna en la que debe fundarse toda actividad cristiana en cosas sociales”, le seguirían -en lo que aquí interesa- “Quadragésimo anno” de Pío XI (15/5/31) y “Laborem exercens” de Juan Pablo II.

a) Sostenía León XIII que el fin primordial del obrero procurarse algo para sí y poseer con derecho una cosa como suya, lo cual se logra en forma principal a través del trabajo merced al cual obtiene el derecho al salario y a su uso como le plazca. Y entonces, “si reduciendo sus gastos, ahorra algo e invierte el fruto de sus ahorros en una finca, con lo que puede asegurarse más su manutención, esta finca realmente no es otra cosa que el mismo salario revestido de otra apariencia, y de ahí que la finca adquirida por el obrero de esta forma debe ser tan de su dominio como el salario ganado con su trabajo. Ahora bien: es en esto precisamente en lo que consiste, como fácilmente se colige, la propiedad de las cosas, tanto muebles como inmuebles”

b) En la misma “Rerum Novarum” se destaca que el hecho “que Dios haya dado la tierra para usufructuarla y disfrutarla a la totalidad del género humano no puede oponerse en modo alguno a la propiedad privada. Pues se dice que Dios dio la tierra en común al género humano no porque quisiera que su posesión fuera indivisa para todos, sino porque no asignó a nadie la parte que habría de poseer, dejando la delimitación de las posesiones privadas a la industria de los individuos y a las instituciones de los pueblos”

c) Y aquí León XIII formula una importante doctrina según la cual se debe distinguir “entre la recta posesión del dinero y el recto uso del mismo. Poseer bienes en privado, según hemos dicho poco antes, es derecho natural del hombre, y usar de este derecho, sobre todo en la sociedad de la vida, no sólo es lícito, sino incluso necesario en absoluto. «Es lícito que el hombre posea cosas propias. Y es necesario también para la vida humana». Y si se pregunta cuál es necesario que sea el uso de los bienes, la Iglesia responderá sin vacilación alguna: «En cuanto a esto, el hombre no debe considerar las cosas externas como propias, sino como comunes; es decir, de modo que las comparta fácilmente con otros en sus necesidades”.

d)Y será Pío XI quien en “Quadragesimo anno” reafirmará esta doctrina al decir que ni su antecesor León XIII ni los teólogos que han enseñado bajo la dirección y magisterio de la Iglesia “han negado jamás ni puesto en duda ese doble carácter del derecho de propiedad llamado social e individual, según se refiera a los individuos o mire al bien común, sino que siempre han afirmado unánimemente que por la naturaleza o por el Creador mismo se ha conferido al hombre el derecho de dominio privado, tanto para que los individuos puedan atender a sus necesidades propias y a las de su familia, cuanto para que, por medio de esta institución, los medios que el Creador destinó a toda la familia humana sirvan efectivamente para tal fin, todo lo cual no puede obtenerse, en modo alguno, a no ser observando un orden firme y determinado. Hay, por consiguiente, que evitar con todo cuidado dos escollos contra los cuales se puede chocar. Pues, igual que negando o suprimiendo el carácter social y publico del derecho de propiedad se cae o se incurre en peligro de caer en el ‘individualismo’, rechazando o disminuyendo el carácter privado e individual de tal derecho, se va necesariamente a dar en el ‘colectivismo’ o, por lo menos, a rozar con sus errores”

e) Cerrando el esquema de esta propuesta doctrinal, Juan Pablo II en “Laborem exercens” concluye respecto al derecho de propiedad que “la tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes” Y justamente estas últimas expresiones son las que el Papa Francisco manifestara en su reciente aparición pública, por lo cual las mismas nada tuvieron de sorpresivas ni de originales sino que no fueron más que la ratificación de la rica doctrina elaborada por sus predecesores a través de las Encíclicas analizadas.

d)Planteada así la cuestión, no debe olvidarse tampoco que el mismo León XIII destacaba que “cuando en preparar estos bienes naturales gasta el hombre la industria de su inteligencia y las fuerzas de su cuerpo, por el mismo hecho se aplica a sí aquella parte de la naturaleza material que cultivó y en la que dejó impresa como una huella o figura de su propia persona; de modo que no puede menos de ser conforme a la razón que aquella parte la posea el hombre como suya, y a nadie en manera ninguna le sea lícito violar su derecho”. Y al volver sobre el destino común de los bienes, aclara “que a nadie se manda socorrer a otros con lo que para sí o para los suyos necesitan, ni siquiera dar a otros lo que para el debido decoro de su propia persona ha menester, pues nadie está obligado a vivir de un modo que a su estado no convenga. Pero satisfechos la necesidad y el decoro, deber nuestro es, de lo que sobre, socorrer a los indigentes”. Y el mismo Pontífice agregaba que “cabe tener presente la enseñanza de la Iglesia según la cual, sobre toda propiedad privada, grava una hipoteca social: no basta con afirmar el carácter natural del derecho de propiedad, sino que también hay que propugnar su efectiva difusión entre todas las
clases sociales”.

e)En conclusión: la Doctrina Social de la Iglesia no solo reconoce la propiedad privada sino que la considera como lícita y necesaria y derivada de la naturaleza humana para la realización de la persona; y si bien no se obliga a la privación de los propios bienes necesarios para la subsistencia del hombre y su grupo familiar, no considera ese derecho como algo absoluto -como tampoco ocurre en nuestro sistema legal- sino que propone que todo aquello que exceda esas necesidades básicas pueda llegar a ser compartido con quienes más lo necesiten. Se trata de una propuesta de solidaridad humana entre quienes más tienen y los que carecen de todo y que puede alcanzarse a través de distintos métodos. Pero ello si bien puede ser seguido por cualquier persona con prescindencia de sus creencias religiosas, no es de manera alguna una imposición para quienes no profesan la fe católica, como sí lo son las normas constitucionales y legales que reconocen y garantizan la propiedad privada la cual debe ser respetada por todos: gobernantes y gobernados.

f) El no acatamiento del derecho positivo acarrea para los habitantes la posibilidad de recibir sanciones que el mismo régimen prescribe. El no seguimiento de la Doctrina Social de la Iglesia no apareja sanción terrenal alguna para quien no quiera seguirla; excepto para quienes profesamos esa fe y que si bien también tenemos libertad para acatarlas o no, conocemos que el mismo Jesús decía: ”No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen y donde los ladrones perforan los muros y los roban; amontonad más bien tesoros en el cielo donde la polilla y la herrumbre no los destruyan y donde los ladrones no perforan muros ni roban” (Mt. 6, 19-20). Y el Señor considerará hecha o negada a sí mismo, la caridad hecha o negada a los indigentes, pues “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt. 25, 40). De allí el distingo que formulamos en el título: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 15) Por tanto, “El que tenga oídos para oír que oiga” (Mc. 4, 1-20).

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