sáb. 24 de febrero de 2024
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Carnaval, comparsa de indios, Villa Mitre y las 5 esquinas…

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“Los últimos serán los primeros”, así se titula la publicación del escritor bahiense, Marcelo Díaz, quien resaltó la trascendencia que se le otorgó al Carnaval con políticas públicas de apoyo y que brindan un “nuevo impulso a esa gran ola popular que durante febrero arrastra gente, baile y memoria”

Pasó el fin de semana largo del carnaval, se va febrero. Encomendado a Momo o a la Pachamama, según la región del país en la que uno se encuentre, el carnaval es la fiesta popular más extendida. Como el fútbol, que va de los mega estadios y sus súper estrellas a la canchita de sintético donde abundan las panzas y crujen las rodillas, el carnaval puede ser un gran espectáculo turístico (y el corazón económico de una región) o una tira de foquitos de colores y gente bailando en una calle perdida.

La última dictadura cívico militar borró los feriados de carnaval del calendario, pero no consiguió apagarlo. La recuperación del feriado en 2010, por decreto de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y las políticas públicas de apoyo, le dieron nuevo impulso a esa gran ola popular que durante febrero arrastra gente, baile y memoria, y nos deposita ahí, a la vuelta de la escuela, del otoño, del día a día de marzo.

En el sur de la provincia el carnaval tiene un poco de todo: en los barrios corsos murgueros, con comparsas y batucadas, en los pueblos carrozas y comparsas. Y si bien se ha perdido bastante la costumbre del disfraz, este año los corsos parecieron una prolongación alucinada de los festejos de Qatar: la multiplicación divina de Messis de todas las edades y pelaje, la copa del mundo en una mano, el pote de espuma en la otra.

Para mí el carnaval es sobre todo una foto de mi abuelo en la que se ve a los ganadores de los carnavales de 1926 del Club Villa Mitre: la Comparsa 30 Argentinos.

Mi abuelo Manolo solía sacar la foto de un cajón para contar pormenores de esa gesta. El primer premio en el corso del 26 era su copa del mundo, su orgullo. Tenía apenas 15 años, es el que está como en trance, mirando fijo a cámara, al lado del que sostiene el tambor. Según contaba, la comparsa había sido un homenaje a la valentía y a la injusticia que se había cometido con los “indios pampas”. Se ve que Villa Mitre, en ese entonces un barrio con apenas dos décadas de vida y un club recién fundado, tenía gente dada a los homenajes: la camiseta del club es verde, blanca y negra, dicen que en homenaje al pueblo palestino.

Se explica: Villa Mitre es el barrio en el que se asentó la comunidad árabe más numerosa de Bahía Blanca, principalmente sirio libanesa. Varios de ellos están en esa foto de la comparsa. Hay también gallegos, vascos, españoles sin más, e italianos. Y mestizos. Y “pampas” de piel marrón. Es decir, la mezcla con la que se había poblado ese barrio de obreros alejado de las luces del centro de la ciudad.

Destaquemos, como detalle carnavalesco, que según mi abuelo en la comparsa había algunos descendientes de indios de estas tierras que para representar a los indios de estas tierras se habían pintado el cuerpo de un tono más subido de marrón. Como yo, que teniendo una abuela ranquel, y un abuelo mestizo, hice de indio en un acto escolar para un 12 de octubre, y la maestra me pintó con corcho quemado, porque el Colón que habían podido conseguir era un compañerito medio marrón también y había que diferenciar bien a los indios de los españoles. Pero la escuela es otro tipo de corso, dejémosla para otro momento.

De chico me gustaba mucho esa foto, sin condiciones. De adolescente tuve algunas sospechas: esos pampas que representaban a los pampas que se habían enfrentado con lanzas a los remingtons de Roca, se parecían, más bien, a los pieles rojas que se habían cargado a Custer y al 7mo de Caballería en Little Big Horn, más o menos por la misma época. Aunque a decir verdad, mi idea de lo que era un piel roja venía dada, en un 80 por ciento, por la representación que Hollywood hacía de los pieles rojas, apaches o cheyennes, siempre en conflicto con los laboriosos colonos, y corridos con regularidad por la caballería.

También mi abuelo y sus compañeros de comparsa habían visto por años películas y cortos “del oeste” en el cine 5 Esquinas, ahí mismo donde se organizaba el corso, a metros del club. Así que los últimos pampas de la Comparsa 30 Argentinos eran en realidad un símil piel roja estilo Hollywood, esa usina tan poco confiable, entonces y ahora, de representaciones de lo otro.

“¿Por qué hacer una comparsa de indios y no otra cosa?” eso le preguntaba a mi abuelo. Las respuestas, según el día, variaban entre “porque fueron los primeros en estas tierras, injustamente desplazados” (versión histórico-reivindicativa), “porque éramos pobres y disfrazarse de indio era barato, con un poco de pintura, arpillera y unos plumeros te arreglabas” (versión pragmático-economicista) y “porque a todo el mundo le gustaban las películas con indios” (versión trending topic, antes de que se inventara el trending topic).

Mi pregunta, en realidad, quería ser “¿por qué elegir el lado de los que habían perdido a lo largo de la historia y seguían perdiendo cada sábado y domingo en las matinés del cine 5 Esquinas?”, y que además eran los malos de todas las historias.

Lo que sabía sin necesidad de tener que preguntar era que esos vascos, gallegos, españoles genéricos, italianos, sirio-libaneses, mestizos y pampas, que representaban a un malón pampa (un malón salinero estilo Calfucurá, digamos, como el de 1859 en Bahía Blanca), echando mano al imaginario hollywoodense, no habían sido “indios” solo en carnaval. Mi abuelo contaba que cuando el acomodador entraba a la sala del 5 Esquinas a querer poner orden en el caos que generaban esos niños y preadolescentes en estado semisalvaje frente a la pantalla (“gritábamos en las escenas de acción, y golpeábamos el piso todos a la vez que parecía que se iba a venir el cine abajo!”) lo hacía gritándoles “¡son unos indios!” (o “¡sois unos indios!”, porque era español). Y un poco seguramente pensaba en los pieles rojas del celuloide, y un poco en el relato de los antiguos malones locales, del mismo modo que cuando los equipos del centro tenían que cruzar las vías y el arroyo para enfrentarse al flamante Sportivo Villa Mitre, lo hacían diciendo “nos toca jugar en las tolderías”, un poco pensando en Catriel o Calfucurá, un poco en Caballo Loco o Toro Sentado.

En realidad, visto a la distancia, no era tan extraño que ese mix proletario de inmigrantes y marrones suburbanos eligiera comparsear como el último reducto de resistencia pampa. El carnaval baila, suelta la risa, y también lee entre líneas. Dice Viñas en Indios, ejército y frontera: “El peligro de 1879 había dejado de ser el representado por los indios.

En el 1900 el enemigo social ya era el inmigrante”. Mi abuelo y sus compañeros eran una comparsa de excluidos que habían decidido disfrazarse de excluidos. Y el jurado los había premiado, porque los últimos de esa raza habían sido los primeros argentinos, porque en ese entonces a todos les gustaban las películas del oeste norteamericano, y porque a través de los siglos y los continentes la llama única del carnaval calienta el sueño de los que pierden, y los llama a renovar el mundo. (Cristian Diaz para Pagina 12)

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