En un contexto donde el debate sobre el desarrollo urbano vuelve a ocupar un lugar central, el director de la carrera de Arquitectura, Andrés Moroni, puso el foco en cómo repensar la relación de Bahía Blanca con su infraestructura hídrica.
Lo hizo a partir de una experiencia académica reciente que, aunque sin pretensiones de concreción inmediata, abre interrogantes y aporta ideas sobre el futuro del canal Maldonado y su integración con la ciudad.
La iniciativa surgió en el marco de un workshop intensivo que reunió a más de cien estudiantes de la Universidad Nacional del Sur y la Universidad Nacional de La Plata. Durante tres días, los participantes trabajaron sobre el corredor ambiental del canal Maldonado, generando propuestas rápidas que, según explicó Moroni en CAFEXMEDIO, deben entenderse como disparadores más que como proyectos ejecutables.
“El objetivo no es presentar soluciones terminadas, sino explorar la complejidad de la ciudad”, señaló. En ese sentido, remarcó que la mirada desde la arquitectura busca integrar distintas dimensiones: no solo la función hidráulica del canal, sino también su potencial como espacio público, generador de paisaje y articulador urbano.
Uno de los puntos más contundentes de su análisis fue la revisión de decisiones históricas en la ciudad. Moroni cuestionó el entubado de cursos de agua realizado décadas atrás, al que calificó como un error desde múltiples perspectivas. “No solo no resolvió del todo el problema hídrico, sino que además hizo perder una gran oportunidad de generar paisaje en una ciudad de características semiáridas”, afirmó.
En contraposición, mencionó experiencias exitosas en otras regiones del país, donde la infraestructura hídrica se combina con usos recreativos y espacios de encuentro. Este enfoque, explicó, responde a una visión más integral del urbanismo, donde las obras no se piensan de manera aislada.
Entre las ideas surgidas en el taller aparece con fuerza el concepto de “ciudad esponja”, una tendencia contemporánea que propone retener el agua en lugar de expulsarla rápidamente. Esto se traduce en propuestas como espacios públicos inundables o reservorios temporales que, además de cumplir una función hidráulica, pueden integrarse al paisaje urbano.
“Hay actividades que pueden convivir con la dinámica del agua. No todo tiene que ser rígido o impermeable”, planteó Moroni, al tiempo que subrayó que este tipo de enfoques requiere una planificación a escala territorial, que excede ampliamente un único sector de la ciudad.
El director también destacó el valor formativo de la experiencia. La actividad fue completamente extracurricular y no tuvo calificación, lo que resalta —según indicó— el compromiso de estudiantes y docentes. “Es reconfortante ver ese nivel de entusiasmo. Más de cien alumnos trabajando intensamente sin una obligación formal habla del rol central que sigue teniendo la universidad pública”, sostuvo.
Respecto al impacto concreto de estas iniciativas, Moroni fue claro: no necesariamente derivan en obras. Sin embargo, defendió su importancia como insumo. “El aporte es en parte intangible: difusión, generación de ideas y formación. Pero también puede servir como material de referencia para futuras decisiones”, explicó.
En un escenario atravesado por desafíos urbanos y ambientales, la experiencia deja una conclusión abierta: pensar la ciudad requiere algo más que respuestas técnicas inmediatas. También necesita imaginación, debate y la capacidad de revisar críticamente el pasado para proyectar otros futuros posibles.









