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Las erosiones costeras y el factor humano amenazan el futuro de la arquitectura y turismo costero

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Las erosiones costeras y la falta de planificación urbana destruyen viviendas y playas, provocando graves daños estructurales, pérdida de valor inmobiliario y un fuerte impacto negativo en el turismo.

El agua no sabe de límites arquitectónicos ni de escrituras, avanza y genera preocupación en las ciudades de la Costa Atlántica bonaerense. La erosión costera se agrava y pone en riesgo balnearios y residencias. La arquitecta Andrea Baldoni (UBA) en diálogo con INFOCIELO brinda una mirada sobre el desarrollo inmobiliario de estas ciudades, que han construido propiedades sobre la costa, afirmando que “se proyectó sobre la arena como si el Atlántico fuera una línea estática, una postal inmutable”.

La última ciclogénesis con importantes sudestadas sobre las ciudades costeras intensificó la pérdida de arena y debilitó las casas frente al océano, los puestos de guardavidas y estructuras de balnearios. Dejando como consecuencia la superficie en forma de cimientos carcomidos, grietas profundas y un paisaje que empieza a dar señales de un colapso inminente.

Para la arquitecta Baldoni, especialista en Patologías de la Construcción, este fenómeno “dejó de ser una hipótesis ambiental para transformarse en una urgencia fáctica”. Su diagnóstico es claro, “no estamos ante fallas aisladas de obra, sino ante una crisis territorial y ambiental de escala sistémica”.

La mirada experta sostiene que esta problemática responde a una combinación multicausal, entre las que operan factores climáticos, como las sudestadas que sufrió la provincia en las últimas semanas y el progresivo aumento del nivel del mar. Estos procesos biológicos e hidrográficos hoy se muestran mucho más agresivos debido a los efectos acelerados del cambio climático.

Sin embargo, el factor desencadenante que destaca la arquitecta, radica en la actividad antrópica. Durante años, la falta de planificación urbana permitió construir a escatimosos metros del oleaje, arrasando con los médanos —la defensa natural del continente— e introduciendo una forestación inadecuada que alteró el ecosistema playero. Al quitarle a la costa su capacidad de resiliencia, las construcciones quedaron expuestas a la intemperie más cruda.

“En mi experiencia profesional, esto no apareció de un día para el otro”, al ver cómo se repetían las mismas patologías en distintas propiedades: humedades persistentes, desniveles, descalces de suelo y situaciones que rozaban el derrumbe. Ahí entendí que ninguna tecnología constructiva va a ser la solución si insistimos en avanzar contra el mar”, explica Baldoni.

La arquitecta observa desde el año 2024 consecuencias en las estructuras que advierte son explícitas, entre ellas, socavamiento de cimientos, por la pérdida de suelo que desaparece bajo el agua; fisuras y grietas estructurales, debido al asentamiento diferencial del terreno; corrosión interna con hierros a la vista expuestos al salitre y la humedad constante y, lo que más alarma a la comunidad costera es el riesgo inminente de inhabitabilidad o colapso estructural en los lotes de primera línea.

El efecto dominó: cuando la erosión golpea la economía local
Las ciudades costeras tienen un doble desafío, por un lado la planificación urbana y arquitectónica ante la crisis ambiental y el traslado de forma directa a la matriz productiva de las localidades turísticas. Siendo la la playa el recurso principal y el mayor atractivo de la región, su progresiva reducción de superficie deteriora el espacio público y afecta la experiencia del visitante.

Baldoni, desde su experiencia, explica que “el abandono visual de las viviendas dañadas degrada la estética urbana, transformando postales de descanso en zonas de riesgo aparente. Esto genera una reacción en cadena: ante la incertidumbre climática y legal, la inversión privada se contrae, cae el valor inmobiliario de las propiedades y se resiente el mercado de alquileres temporarios”. La advertencia sobre el futuro es alarmante por el impacto en el consumo y el turismo que pone en riesgo puestos de trabajo asociados al sector y el estancamiento del desarrollo local a largo plazo.

La reconfiguración forzada
La especialista lanza un augurio negativo para la costa bonaerense, que el inicio de este año sufrió una merma en el turismo, “de continuar la inercia actual, el porvenir costero avanza hacia un escenario crítico”. La arquitectura ya está dando avisos y el territorio exige ser escuchado. Baldoni anticipa una reconfiguración forzada de la línea de la costa, “las viviendas que hoy ocupan la primera fila pasarán a ser inviables en el corto plazo”.

Entre los movimientos que la arquitecta prevé a nivel urbano y ambiental anticipa la pérdida progresiva del frente costero construido, la necesidad urgente de relocalizar viviendas e infraestructura pública. La pérdida del suelo, según Baldoni, también traerá aparejados conflictos legales y económicos.

Lo más impactante de su diagnostico es que las grietas se extienden más allá de la arquitectura y las paredes, la especialista es contundente con una preocupación mayor sobre los efectos rebotes que pueden generar las intervenciones improvisadas para “frenar” el agua que pueden alterar las corrientes, empeorando la erosión en las playas vecinas.

La oportunidad de un nuevo paradigma
El desafío, para Baldoni “ya no pasa por intentar resistir la fuerza del mar mediante barreras rígidas, sino por adaptar la planificación y la normativa local a la dinámica de la naturaleza”. El cambio de enfoque es tanto técnico como normativo, y exige el diseño de una nueva ordenanza urbana acorde a la situación ambiental actual.

En tanto, expone que “las alternativas viables demandan respetar retiros reales de la línea de edificación, iniciar la recuperación activa de los sistemas de médanos y proyectar construcciones flexibles, ligeras o incluso desmontables en las áreas de mayor vulnerabilidad“.

El diagnóstico final funciona como una advertencia para los municipios bonaerenses y los desarrolladores urbanos, si no se modifica la manera de concebir el urbanismo costero, el mar continuará su avance irreversible. Y, ante su marcha, la arquitectura no tendrá más remedio que retroceder. (Inffocielo)