A 26 años de su muerte, el recuerdo de “Beto” permanece intacto en la memoria de una ciudad que lo convirtió en uno de sus máximos ídolos deportivos. Su legado sigue vivo en cada cancha y en cada generación de basquetbolistas bahienses.
Hay nombres que el tiempo no consigue borrar. En Bahía Blanca, uno de ellos es Alberto Pedro “Beto” Cabrera, la enorme figura del básquet que falleció el 12 de agosto de 2000, a los 54 años, pero que todavía permanece presente en la memoria de quienes lo vieron jugar y de quienes crecieron escuchando hablar de su talento.
Cabrera fue mucho más que un extraordinario jugador. Fue una de las grandes razones por las que Bahía Blanca se convirtió en la Capital del Básquet y una figura inseparable de la historia de Estudiantes, club que defendió durante toda su carrera.
Con la camiseta alba consiguió nada menos que 18 títulos y protagonizó junto a sus compañeros los recordados clásicos frente a Olimpo durante las décadas del 60 y 70, en una época dorada que ayudó a construir la identidad basquetbolística de la ciudad.
Pero su grandeza trascendió los límites del club.
El dueño de los récords bahienses
Con la selección de Bahía Blanca, Cabrera conquistó 12 torneos provinciales, disputó 73 partidos y convirtió 1.156 puntos. De acuerdo con los registros de Roberto Seibane, todavía conserva los récords como el jugador que más títulos ganó, más partidos disputó y más puntos convirtió en la historia del seleccionado bahiense.
Junto a Lito Fruet y Alberto “Polo” De Lizaso conformó aquella primera trilogía histórica que llevó al básquet de la ciudad a otro nivel. Ese trío fue el antecesor, de otro bien bahiense que trasladó el baloncesto argentino a lo más alto del mundo con Manu Ginóbili, Pepe Sanchez y el Puma Montecchia.
También dejó su marca con la selección de la provincia de Buenos Aires: ganó 9 de los 13 Campeonatos Argentinos que disputó.
Y cuando muchos pensaban que su historia con la selección nacional había terminado, volvió a jugar y fue campeón Sudamericano con Argentina en 1979. Además, participó de los Mundiales de 1967 y 1974.
Todos esos logros llevaron a que en 1999 fuera elegido Deportista Bahiense del Siglo, una distinción que sintetizó el lugar que había alcanzado en la historia deportiva de la ciudad.
Un adelantado a su tiempo
Quienes tuvieron la posibilidad de verlo jugar todavía recuerdan su talento. Cabrera tenía una visión de juego extraordinaria, potencia física, velocidad y un lanzamiento que podía cambiar un partido.
Pero su mayor virtud quizás haya sido su capacidad para entender el básquet antes que muchos otros.
Ayudó a transformar un juego que en aquellos años estaba marcado por el individualismo y el uno contra uno en un básquet más dinámico, basado en los sistemas, el movimiento colectivo y la intensidad defensiva.
El periodista Juan Carlos Meschini lo definió como “un adelantado” y recordó que cada vez que viajaba con una selección regresaba a Bahía Blanca con nuevos conocimientos para compartir.
Uno de esos ejemplos fue el pressing, que Cabrera incorporó luego del Mundial de 1967 y que rápidamente comenzó a formar parte del repertorio del básquet bahiense.
Pudo jugar en Europa, pero eligió Bahía
La historia de Cabrera también habla de una época en la que los grandes deportistas no siempre priorizaban el profesionalismo.
En una oportunidad, Cabrera y Fruet reforzaron a la selección de Capital Federal durante una gira por Europa. Después de un partido frente al Real Madrid, un dirigente del club español se acercó al vestuario y le ofreció un contrato para que se quedara.
La respuesta de Cabrera fue contundente: “No, yo tengo mi trabajo en Bahía”. Tenía apenas 26 años.
Aquella decisión refleja una de las características que más se recuerdan de su figura: el compromiso con su ciudad. Cabrera pudo haber construido una carrera internacional, pero eligió seguir viviendo, trabajando y jugando en Bahía Blanca.
Una despedida que dejó un vacío
El 12 de agosto de 2000, una grave enfermedad terminó con su vida cuando tenía apenas 54 años.
La noticia golpeó profundamente a Bahía Blanca. Se iba uno de los deportistas más importantes de su historia, pero no desaparecía su legado.
Porque Beto Cabrera quedó instalado en la memoria de una ciudad que aprendió a querer el básquet también a través de él.
Hoy, más de dos décadas después, su nombre sigue apareciendo en las conversaciones de quienes recuerdan aquellas tardes de básquet, en las historias de quienes lo vieron jugar y en las nuevas generaciones que heredaron una pasión que él ayudó a construir.
Cada pique, cada asistencia, cada tiro y cada cancha de Bahía Blanca conservan algo de aquella época.
Y quizás allí esté la verdadera dimensión de su legado: Beto Cabrera no solamente fue parte de la historia del básquet bahiense. Ayudó a escribirla.








