dom. 21 de junio de 2026
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La bombera e ilustradora bahiense que convirtió la tragedia en un cuento infantil sanador

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Tras las inundaciones que golpearon a Bahía Blanca, Irina Fabrizzi creó, junto a la escritora Rocío Falcón, un libro inspirado en la historia real de un nene que se aferró a un caracol para afrontar el miedo.

Cuando las inundaciones arrasaron Bahía Blanca y General Daniel Cerri en marzo de 2025, Irina Fabrizzi pasó días enteros en el agua y en el barro, rescatando familias, organizando ayuda y tratando de sostener a otros mientras ella también atravesaba el desastre. Lo hizo como había aprendido desde chica: como bombera voluntaria y con total entrega.

Pero después, cuando el agua bajó y empezó la etapa más silenciosa —la de reconstruir casas, rutinas y ánimos—, apareció otra necesidad. Una necesidad más difícil de detectar que una calle anegada o una persona aislada: ayudar a los chicos a procesar el miedo.

Así nació Mi amigo Antonio, un libro infantil escrito por Rocío Falcón e ilustrado por Irina, que cuenta la historia de un nene que, en medio de la inundación, encuentra un caracol que lo acompaña y le da tranquilidad.

El personaje protagónico está inspirado en Liam, un chico de cinco años de Cerri que realmente se aferró a un caracol durante aquellos días caóticos.

La historia acaba de presentarse en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y ya empezó a circular de mano en mano, lejos todavía de las grandes librerías pero muy cerca de quienes la precisan.

“Los chicos se acuerdan de todo lo que pasó”, cuenta Irina. “Mientras miran las ilustraciones dicen: ‘Mirá mamá, así estaba el auto de papá’. El libro les ayuda a procesar positivamente el trauma”.

Un cuartel inundado y una amistad inesperada
A Irina siempre le gustó dibujar. Cuando egresó de la escuela secundaria, justo se abrió la carrera de ilustración en la Escuela de Artes Visuales de Bahía Blanca, y se inscribió. “Es una carrera de cinco años. Por ahora soy técnica, porque me faltan dos materias para recibirme”, reconoce.

A sus 28 años, Irina se desdobla. Por un lado, construyó una carrera como ilustradora, con trabajos para editoriales y proyectos artísticos dentro y fuera del país.

Por otro, integra el cuerpo de bomberos voluntarios de General Daniel Cerri desde hace una década. Había entrado a los 12 años a la Escuela de Cadetes y se graduó seis años más tarde.

Si bien su mamá, su papá y una de sus hermanas también son bomberos, dice que la decisión de vestir el uniforme fue absolutamente personal. “De hecho -agrega- a mi papá mucho la idea no le gustaba, por los riesgos que una tiene que tomar a veces”.

“Ahora vivo lejos de la base, pero por suerte tengo auto. Cuando era más joven estaba más cerca y ante cada emergencia corría hasta el cuartel”, cuenta.

Irina recuerda las inundaciones del año pasado como un antes y un después para toda la comunidad. “No fue una emergencia más”, dice. Esa vez también los rescatistas estaban afectados.

“A mí me entró poca agua en casa, pero el período posterior fue tanto o más grave que la inundación. Había que reconstruir casas y también familias. No había bancos, no había dinero, no había trabajo, no había comercios”, afirma.

Ni siquiera el cuartel de bomberos se salvó. El edificio se inundó y el segundo piso terminó convertido en refugio para evacuados. Durante días faltó de todo: ropa seca, agua potable, comida caliente, medicamentos.

En ese contexto Irina conoció a Rocío Falcón, una escritora que solo se dedicaba a la poesía y estaba asistiendo a damnificados como voluntaria. Hasta entonces apenas eran vecinas que se saludaban de pasada. Pero después de casi 20 días trabajando juntas en un centro de acopio, algo cambió.

“Un día me dijo: ‘Necesito que nos juntemos a comer para sacarnos de encima este trago amargo’”, recuerda Irina. “Y ahí le respondí: ‘Vos escribís hermoso, yo dibujo… Algo tenemos que hacer’”.

La idea empezó como un boceto. Irina ya había dibujado algunos personajes y escenas inspiradas en lo que había vivido durante las inundaciones. Entonces apareció la historia de Liam, a partir de un relato que le contó su cuñada. Antes de avanzar, Irina habló con la mamá del nene para pedirle el permiso de buscar inspiración en su caso.

“Me emocionó cómo él se apegó a ese caracol para transitar todo lo que estaba pasando. Ahí entendí que el cuento podía hablar de eso: de que siempre necesitamos de otros para salir adelante”, cuenta.

Rocío tomó esos primeros dibujos y comenzó a trabajar sobre el texto. La publicación finalmente fue posible gracias al acompañamiento de Maryta Berenguer, referente bahiense de la literatura infantil, quien ayudó a impulsar el proyecto.

Exactamente un año después de la inundación, Mi amigo Antonio tuvo su primera presentación oficial en el cuartel de bomberos de Cerri.

“Los papás de Liam estaban emocionadísimos. Y él andaba feliz con un Antonio en sus manos, para todos lados”, cuenta Irina entre risas.

“No se distinguía quién era bombero y quién vecino”
El libro fue editado completamente “a pulmón”. Primero hicieron una tirada de 100 ejemplares, después otra de 200 y ahora ya preparan la tercera. Por el momento, solo se consigue contactando directamente a las autoras a través de Instagram: @irinailustraciones y @roffalcon.

Aunque todavía no llegó a librerías ni tiene versión digital, ya encontraron lectores en distintos puntos del país: enviaron ejemplares a CABA, Entre Ríos y Santa Cruz. También lo presentaron en dos stands de la Feria del Libro de Buenos Aires, donde además dieron un taller para chicos.

El boca en boca hizo el resto. “Nos llegaron referencias de psicólogas interesadas en usar el libro para trabajar miedos infantiles, sobre todo los vinculados a tormentas y vientos”, cuenta Irina.

La reacción de los chicos terminó sorprendiendo incluso a sus creadoras. Hace apenas unas semanas, Bahía Blanca volvió a estar bajo alerta naranja por tormentas y varios alumnos del taller de arte que coordina Irina aparecieron con el libro bajo el brazo.

“Muchos se aferraron al cuento durante esos días. Después vinieron contentos a mostrarme los dibujos que habían hecho. Les da tranquilidad”, dice.

En las ilustraciones aparecen vecinos ayudando, personas cargando donaciones y también bomberos trabajando en plena emergencia. Pero Irina aclara que quiso reflejar algo mucho más amplio que la tarea de sus compañeros del cuartel.

“En esos días -subraya- no se distinguía quién era scout, quién bombero o quién vecino. Todos ayudábamos”.

Después de cualquier inundación quedan marcas visibles: paredes húmedas, muebles arruinados, calles destruidas. Pero también quedan otras huellas, mucho más difíciles de detectar.

Una vez más, Irina demostró su habilidad para apagar fuegos. Incluso los que no se ven. (TN)