mié. 30 de septiembre de 2026
Bahía Blanca:

“A 43 años del Alfonsinazo que tiñó a Ferro de rojo y blanco”

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En un viernes primaveral, y a pesar de la huelga general dispuesta por la Unión Tranviarios Automotor (UTA) bajo el mando de René Azar, la Unión Cívica Radical se atrevió a dar un paso que muchos creían imposible: realizar un gran acto en la Capital Federal, con Raúl Alfonsín como orador central y acompañado por el líder de la Línea Nacional y candidato a senador, Fernando de la Rúa.

¿Por qué se eligió Ferro? La pregunta es frecuente, aunque las respuestas nunca fueron unánimes. En las semanas previas, la dirigencia radical se preparaba para convocar a su primer mitin masivo en Buenos Aires, pero sin arriesgarse a alquilar estadios como River o Boca por temor a no llenarlos. El Alfonsinazo fue, desde el comienzo, una jugada audaz. Solo el peronismo había intentado algo parecido meses antes, alquilando Atlanta en octubre de 1982, con un resultado caótico.

Esta vez se trataba de una verdadera prueba de fuego: demostrar si la U.C.R. podía competir en convocatoria con el PJ. Los actos previos en el Luna Park o la Federación de Box habían reunido como máximo unas 10.000 personas. Había que duplicar, incluso triplicar, esa cifra. La apuesta terminó siendo el estadio de Ferrocarril Oeste, en Caballito: mediano, popular, y acorde al riesgo.

Desde temprano comenzaron a llegar columnas de militantes desde los barrios porteños, mientras los correligionarios del interior se habían instalado en la ciudad desde el día anterior. Del conurbano, largas columnas con pancartas y banderas marcharon a pie hasta Caballito.

El partido, reorganizado y revitalizado, volvía a mostrar músculo levantando sus viejas banderas cívicas: respeto por la ley, honestidad pública, cultura cívica, tolerancia y rechazo a la demagogia. Alfonsín encarnaba ese renacer, recuperando la tradición de lucha de Alem e Yrigoyen contra el viejo reaccionarismo criollo, resignificada en un contexto donde el radicalismo buscaba proyectarse como alternativa real de poder.

Para sortear el paro de transporte, la U.C.R. y sus entonces dos ramas juveniles —la Junta Coordinadora Nacional y la JR Línea Nacional— alquilaron unos 200 micros escolares. La militancia respondió con ironía a Lorenzo Miguel, impulsor del paro, entonando: “Olé, olé, olá, Lorenzo es milico, milico de verdad”. También retumbaba un desafío al sindicalismo: “¿Y el paro dónde está?”. Pero el gran hit fue la adaptación del clásico de Alberto Castillo: “Siga, siga, siga el baile, al compás del tamboril, que vamos a ser gobierno, de la mano de Alfonsín”.

El Dr. Juan Manuel Casella lo recordaría años después:
“La gente lo arrastraba a uno. No era que el dirigente estaba a la cabeza y el pueblo detrás. Era la gente la que llevaba al dirigente. Esa noche intenté entrar, pero ya no había lugar. Me quedé afuera con mi mujer y unos amigos escuchando los discursos. Salí convencido de que la cosa iba en serio”.
Incluso el periodista Mario Baizán, que cubría la campaña para un diario cercano al peronismo, le confesó a Oscar Conde:

“Mis amigos peronistas recién descubren el problema en Ferro. Yo ya lo sabía: ahí se acabó el mito de que la calle era peronista. Les dije: ‘¿Ven que esto viene en serio?’”.

Esa misma noche, mientras Alfonsín se preparaba para hablar, la revista Somos llegaba a los kioscos con una tapa categórica: la cara de Ítalo Luder y un título en letras grandes: “Gana Luder”. Pero ningún semanario podía opacar la marea humana que colmaba Ferro.

En un acto convocado para las 19 hs, ya dos horas antes el estadio lucía repleto –tanto en las dos tribunas de madera habilitadas como en su platea de cemento–. Sin alternativa, hubo que abrir las puertas del campo de juego para que la gente pudiera ocuparlo. La demora fue inevitable. Ante el paro, la limitación del transporte desde Chascomús y la demora en entrar porque había que hacer milagros para pasar entre tanta gente, Alfonsín no pudo iniciar hasta las 22:30 hs. Es decir, la multitud permaneció eufórica e inamovible esperando a su candidato casi 3 horas y media.

“Esta asamblea es el preanuncio de la victoria de la Unión Cívica Radical”, dijo en el inicio del acto Fernando De la Rúa. “Venimos de una lucha interna, pero al final sabíamos que íbamos a estar todos juntos”, subrayó haciendo referencia a la interna radical que había ocurrido en el mes de julio.

En el palco, a un lado De la Rúa y al otro Solari Yrigoyen, lo escoltaban como símbolos de unidad. Durante una hora y diez minutos de su discurso, Alfonsín debió interrumpirse catorce veces para pedir asistencia médica, ante la multitud que colmaba cada rincón del estadio. “Raúl, pedí un médico para Luder”, bromeaba un joven desde la tribuna.

No había intenciones de abrir el ingreso de público detrás del palco, pero anárquicamente la muchedumbre fue ganando también las viejas plateas de madera. Columnas organizadas, agrupaciones de trabajadores, solas y solos, caminantes, curiosos, viejos radicales, todos llenaron Ferro. Algunos con las obleas RA pegadas sobre la ropa, vinchas celestes y blancas con la cara del candidato, las tradicionales boinas blancas o las aggiornadas con el pompón rojo. También había quienes llegaban portando su bandera roja y blanca.

En ese clima, las palabras de Alfonsín marcaron un antes y un después. Anunció que su primer proyecto sería la reforma del Código Penal para equiparar la pena del torturador con la del homicida: “Nadie más intentará un golpe de Estado gratis en la Argentina”, proclamó, haciendo rugir al estadio.

Luego, con solemnidad, afirmó: “No se escuchará en las tribunas de la Unión Cívica Radical ni una sola frase reñida con nuestra voluntad terminante de lograr la democracia levantando banderas de unión nacional. El justicialismo tiene que tener en cuenta que esta vez le va a tocar perder”.

Y, en un gesto inolvidable, cerró recitando el Preámbulo de la Constitución, acompañado por 75.000 voces. Hasta los periodistas más veteranos coincidieron: el radicalismo nunca había protagonizado algo semejante.

Fuente: Historia UCR

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