Hay historias que huelen a tinta, a papel recién cortado y a mañanas eternas de trabajo. Historias que, mientras uno las escucha, merecen ser contadas entre tazas y café.
“Perdón… estaba trabajando. Bah, todavía sigo”, dice entre risas quien lleva adelante hoy una empresa familiar que ya atravesó más de un siglo de vida. Y quizás ahí esté la clave: en nunca dejar de trabajar, de reinventarse y de seguir apostando.
La historia comienza en noviembre de 1924, cuando José Centineo y Gino Damiani fundaron una imprenta y librería en Bahía Blanca. Eran otros tiempos. La ciudad crecía, las máquinas sonaban distinto y cada impresión llevaba el peso artesanal de una época donde todo se hacía con paciencia.
Con los años, los caminos societarios se separaron, pero el apellido Centineo siguió ligado al oficio gráfico. Más tarde sería el padre de la familia, junto a Ignacio —el hermano menor— quienes continuarían el legado bajo el nombre de Gráfica Centineo.
Durante 27 años, en Brown 452, la gráfica convivió con la clásica librería escolar. Cuadernos, útiles, fotocopias, impresiones y ese movimiento cotidiano que transforma a los comercios de barrio en parte de la vida de la gente.
En 2015 llegó uno de esos golpes que cambian todo: el fallecimiento del padre. Pero también apareció la decisión de sostener la historia familiar. Seguir. Resistir. Modernizarse.
Está senana, Gráfica Centineo con Ignacio y Laura, desde su nueva casa en 25 de Mayo 120, combina tradición y tecnología. Cartelería, banners, letras corpóreas, impresiones en gran formato y equipos de última generación conviven con la esencia de siempre: la atención cercana y el orgullo por un oficio que lleva 101 años escribiendo parte de la historia bahiense.
Porque algunas empresas no solo venden productos. También conservan memoria. Y eso, en tiempos donde todo parece efímero, vale muchísimo más que cualquier impresión.









